Sueños de playa infinita.

Amanece y detrás de pedazos de madera mis ojos se inundan de un amarillo solar, solar del color de la soledad del sol en su despertar. De nuevo otro día, el primer respirar, la primera ojeada, la primera sonrisa, la primera hora, de doce que han de restar. Pienso, mansa y tranquila, en lo que han tejido mis pies en compañía de la tierra, por dónde he pasado y por dónde habré de pasaren tiempos cercanos, tiempos suficientes para recorrer el mundo descalza, con la mirada llana y la piel de gallina, la palabra clara y el pensamiento como el agua; puro y cristalino. Entonces trato de nombrar lo que soy y lo que he hecho, desde mis inicios hasta hoy, hasta aquí. Mirando el azul verdoso del mar, el blanco libre de la arena y el amarillo todavía tímido del cielo, no encuentro expresión más precisa que “Sueños al infinito para realidades en grande”. No me declaro gran amante de la palabra infinito, ni nada que tenga que ver con eternidades y promesas temporales a largo plazo, pues no creo de manera ciega ni sincera; precisamente, en momentos de larga duración. Pero cuando de soñar se trata no soy yo quien decide como imaginar ni como recrear, mucho menos como hacer de mis silencios una realidad. Es mi ser, es mi alma; que más allá de mi persona desean lo mejor para mí y quienes me rodean, y sabrán con seguridad que es lo que; a escondidas de un mundo saturado de publicidad y dinero, anhelo con las fuerzas que me permite mi débil cuerpo y mi sereno  corazón.

Recuerdo mi país y mi amada ciudad, que gracias al cielo y por fortuna mía fue la capital, Bogotá, la mejor ciudad del mundo; como alguna vez leí en algún rincón de éste mundo virtual, “La fea más bella”. Pero a medida que fui creciendo, me di cuenta que mi país no se reducía a mi querida urbe, iba más allá de las carreteras, los lujos, los edificios y los carros. Descubrí que al sur se ubicaría el pulmón del mundo, riqueza natural compartida, hábitat de animales y plantas, naturaleza, vida. Que más al occidente estaría el océano pacífico y regiones de pobreza absoluta, lugares de muy bajo perfil internacional; también que a su oriente estarían los llanos, tierra de calor y valentía y hacia el norte, la arena, la brisa y el mar. Entonces crecí  más, me instruí y me formé en educación superior. Allí, siempre en mi tierra, en el lugar que me vio nacer. Terminé mis labores  estudiantiles y decidí empezar a trabajar, recolectar un poco de dinero para darme comodidades y dárselas especialmente a niños y adultos de los largos y abundantes  extremos de mi país, que no tienen con qué moverse, con qué vestir ni comer  dignamente, esa gran porción de la población tal vez invisible a nuestros ojos. Con soporte económico familiar y en compañía y apoyo de algunos compañeros de la Universidad, creamos escuelas rurales y contratamos profesores titulados para guiar de manera humana y académica a las nuevas generaciones de los lugares más recónditos; allí, dentro de los grandes árboles, entre las más singulares especies naturales, bajo el sol más pesado y candente y  la humedad más agobiante. Luego de la más difícil despedida de mi vida, partí en busca ya, de mi propia felicidad, esa que siempre quise, de conocer y disfrutar de cada cultura habida y por haber en el mundo, siempre de la mano de Dios, llevando en mis raíces los más íntimos placeres que me daba mi tierra y su gente.

Y ahora heme aquí sentada bajo el, ahora oscuro cielo, escuchando no más que el duro galopar de las olas en la arena justo detrás de la puerta que me separa del paraíso, en compañía de un amor de antaño: verdadero y azul, que me apacigua los momentos inevitables de tristeza y dolor. Mi vida basada no más que en recuerdos de un ayer de sueños y promesas en grande, y en un presente inmensamente colmado de regocijo y dicha. Viviendo, porque tengo la seguridad que esto es vida, con el orgullo de saber que todo lo que me propuse por el bien mío y de mis congéneres finalmente, y gracias a prósperos proyectos, se hizo real.

Mortacér Lucia.

 

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